
Mamá ave Patis
Había una vez una mamá que se sentía cansada…
no solo en su cuerpo, sino en su corazón.
Había días en los que la tristeza la abrazaba fuerte,
como si no quisiera soltarla.
Y aunque por fuera intentaba sonreír,
por dentro sabía que algo le dolía.
—Mamá… —le dijo una vocecita pequeña—
tú eres fuerte.
Ella lo miró con ojos suaves, casi llenos de lágrimas.
—A veces no me siento así…
El niño tomó su mano y le dijo con una certeza que solo tienen los hijos:
—Eres como el águila…
que cambia sus plumas para volver a volar.
Mamá guardó silencio.
Nunca nadie le había dicho que estaba bien detenerse,
que sanar también era parte de ser fuerte.
—¿Y si no puedo? —susurró.
—Sí puedes —respondió él—, pero no sola… yo estoy contigo.
Ese día, mamá entendió algo distinto:
no tenía que luchar todo el tiempo,
también podía reconstruirse con amor.
Recordó que dentro de ella aún vivía su luz,
esa que tal vez se había escondido entre el cansancio y el dolor.
Como un cuento que aún no termina,
decidió darse una nueva oportunidad.
No para ser perfecta,
sino para volver a sentirse ella.
Poco a poco…
empezó a cuidarse,
a hablarse bonito,
a mirar su reflejo sin tristeza.
Y como en los cuentos,
no por magia… sino por valentía,
empezó a recuperar su brillo.
No era la misma de antes…
era más fuerte, más real, más consciente.
Porque hay mamás que caen,
pero también hay mamás que se levantan,
con alas nuevas…
y con el corazón más sabio.
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